Si queremos mejorar las estructuras de organización que hoy rigen al mundo social, político y laboral, no podemos pretender que la solución esté en trabajar este tema únicamente con adultos, quienes tienen una estructura pre concebida, más difícil de modificar.

Es importante entender que las pasadas generaciones, hasta hoy, han sido formadas desde pequeñas para obedecer, en salones de clases donde un solo profesor, al igual que en la época de Aristóteles y Platón, habla desde un conocimiento supremo que parece inalcanzable, a un grupo, muchas veces excesivo, de jóvenes que no sabe nada. Esta realidad no se condice con la actualidad, donde los alumnos vienen con una gigantesca cantidad de información, erróneas o no, que deben aprender a distinguir y otras, que por motivaciones propias necesitan guiar y resolver a través de nuevos lenguajes y tecnologías.

Con esta estructurada y antigua forma de desarrollar la educación, que da su primer tropiezo en la universidad, donde vemos abismantes brechas de conocimiento, se los inserta en un mundo que espera de ellos autonomía, responsabilidad, proactividad, creatividad, ética, respeto y tolerancia. Conceptos que muchas veces escuchan por primera vez en sus primeros trabajos, y ahí el gran problema, en que la verdadera escuela para su desarrollo cívico, político, social y laboral, sean sus primeros años laborales y no su formación académica.

Para solucionar esta problemática, hace tiempo se están probando sistemas innovadores de aprendizaje, y nuevas tecnologías de desarrollo organizacional colaborativas, buscando incentivar la inteligencia colectiva, la responsabilidad propia, con el resto y con el entorno (accountability), la co-creatividad, el respeto, la tolerancia, la equidad, la mejora continua, la transparencia, la efectividad, empirismo y el consentimiento antes de la aplastante resolución de un jefe o una mayoría por sobre una minoría, dejando fuera la razón.

Para lograr este gran desafío existen herramientas que tienen como objetivo dar vuelta la dirección de contenidos en las salas de clases o aulas, donde el profesor se transforme en un guía que busca facilitar el aprendizaje, que los mismos alumnos proponen dentro de sus mallas o programas, entregándoles responsabilidad y no solo deberes o derechos, haciéndose cargo de sus procesos de una forma dinámica y complementaria con el conocimiento que deberán adquirir para esto.

Hace poco, gracias al trabajo internacional de James Priest y en Chile de Plataforma Áurea, he logrado aprender y desarrollarme en una de ellas; la Sociocracia, como una evolución racional de la democracia, donde se busca entender que no es uno u otro, sino los dos y más, generando un complemento de lo mejor de cada ser humano u organización, entendiendo el consenso como valor esencial a través de la razón, por sobre la democracia, que es la imposición de una mayoría, que muchas veces no sabe distinguir lo bueno de lo malo, por sobre una minoría.

Llevar estos nuevos sistemas a las aulas, trae consigo beneficios directos, entendiendo que los estudios dicen que si dos alumnos de distinto nivel académico comparten y trabajan juntos, jamás bajará el nivel quien lo tenga más alto, por el contrario, subirá y nivelará hacia arriba al resto, haciéndolo partícipe y co-responsable de su propio aprendizaje, entregando además la herramienta de la conciencia social, confianza y ética, entregándole valor no solo a sus actividades académicas, sino también de desarrollo cívico, generando un crecimiento íntegro en el alumnado, bajando las barreras de bullyng, distracciones y entregándole al profesor herramientas que le permitan desarrollar sus capacidades de forma más efectiva, transformándose otra vez en el guía de nuestra sociedad.

Es hora que nos atrevamos a cambiar y mejorar, haciendo un llamado a los directores de colegios, fundaciones, ong, universidades u organismos públicos, para tomar las riendas en esta necesidad urgente, que muchas veces por miedo a los desconocido, nos paraliza y nos estanca, prefiriendo el diablo conocido como opción del statu quo, recordando siempre que ser miserable es también una opción.
Para saber si estas nuevas formas son la solución debemos salir de nuestra zona de confort en búsqueda del bien común y el desarrollo integro de nuestro país, pensando en el largo plazo y no en las próximas elecciones.

¿Es esto entonces, suficientemente bueno por ahora y suficientemente seguro para intentarlo?

Gonzalo Larenas